Nadie me quita lo bailao’.

A mi abuelo Andrés le gustaba contarme historias de mi niñez que yo no puedo recordar bien. Me contaba el abuelo, por ejemplo, que desde chiquita fui ‘cambambera’, ‘callejera’ y ‘altanera’, que cuando quería ir a jugar con mis primos en la casa de al lado, me vestía, agarraba las llaves y llena de autoridad emprendía mi camino, mientras él me embestía con su leyenda de siempre: “Vela ve, es que le pican los pies pa’ irse pa’ la calle”, ante lo cual, yo respondía llena de la valentía propia de los niños a los 4 años: “te pitan losh piesh a ti”, sin verme en ningún momento intimidada por su sentencia.

Me contaba mi abuelo que desde chiquita fui, lo que llamarían ahora, ‘feminista’, así que siempre que él terminaba de comer y dejaba los platos en la mesa, le decía con tono dictatorial que, además de llevarlos a la cocina, tenía que lavarlos, porque la abuela había hecho ya mucho con cocinarle. Para ese momento, mi abuelo estaba en la edad de la vida en la que todo lo que los nietos hacen se toma con gracia, así que sus reparos no eran mayores, aunque estuviera hablándole sin asomo de temor a la cabeza de una familia completamente patriarcal.

Me contaba que desde chiquita me gustó todo lo que implicara fiesta, baile y comida, así que en esa ocasión en que grabaron en video mi cumpleaños no. 2, siempre que reproducían la grabación, le decía a mi mamá que me llevara de nuevo a la fiesta, y lloraba de impotencia frente al televisor cuando me decían que eso ya había pasado y no se podía repetir. Me contaba que guardaba religiosamente las invitaciones a los cumpleaños de mis amiguitos, me aprendía la fecha exacta y a las 6am del día destinado, me levantaba, buscaba entre mi ropa de fiesta, me cambiaba sin bañarme y me dirigía -mal vestida como estaba- a despertar a mis papás para que me llevaran, resistiéndome a su negativa cuando me decían que por favor me fuera a dormir, que la fiesta no empezaba sino hasta las 5 de la tarde.

Hay otras cosas que yo logro recordar con algún grado de claridad, por ejemplo, que cuando Margarita Rosa de Francisco volvió famoso el papel de “La Caponera”, mi abuelita Ana me hizo un par de disfraces lentejualados y brillantes como los de la artista, mi mamá me compró el CD original de sus canciones, y mi papá me enseñó a darle Play en su equipo de sonido de tres grandes parlantes, que yo ponía a sonar cada tarde mientras practicaba las danzas de la Caponera y me metía con toda la actitud en el papel de la cantante famosa, creyéndome reconocida en todas las tarimas de Colombia, al punto que, en adelante, no faltó cumpleaños de amiga de colegio o evento familiar alguno al que yo no asistiera con mi disfraz y mi CD de Caponera, preparadísima para hacer gozar a los presentes con mis interpretaciones y coreografías mal ejecutadas, sin vergüenza de ninguna especie.

Recuerdo que secuestraba a mis primos para que se quedaran jugando conmigo. Que me escribía yo misma cartas de amor de mis novios imaginarios. Que todo lo discutía, lo contradecía, lo cuestionaba. Me gustaba tener la razón en todo y las discusiones más feroces a mis 7 años, las tenía con mi abuelo de 65, hombre al que le pesaba la experiencia y la sabiduría, pero que terminaba declarándose derrotado ante mis infantiles argumentos, diciéndome: “tú tienes que ser abogada, porque te agarras hasta de un chorro de meao”.

Han pasado ya varios años desde aquello. En efecto, soy abogada como lo profetizó el abuelo, que aunque no alcanzó a celebrarme el título, sí me dejó la grandiosa enseñanza de que tanto en el derecho, como en casi todo en la vida, a veces hay que aceptar que no se tiene la razón.

Me gusta verme en el recuerdo y reconocerme aún hoy, igual de ilusionada con la idea de vivir la vida callejeando, armando cambamba -como decía mi abuelo-, creyéndome insuperablemente talentosa, bailando sin vergüenzas, viéndole a todo la fiesta y la diversión aunque toque madrugar para encontrarla; y aunque más de una vez la respuesta sea un infranqueable NO. Es justamente por eso, que tengo que escribirme esto hoy, a mis 25, cuando aún soy lo que mi abuelo recordaba que fui y lo que yo misma recuerdo que alguna vez he sido, para no olvidarme a los 65, de que aquellas memorias son sólo la muestra de lo que siempre he de llevar por dentro y que sea como sea, nadie pero nadie nadie, me quita lo bailao’.

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¿Buenos? ¿Malos? ¿Humanos?

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Carolina era mi mejor amiga en la primaria durante mi época escolar, recuerdo que se lo contaba todo y le hacía cartas de esas que uno regala en el colegio donde la leyenda final siempre dice ‘T.Q.M Nunk’ Cambies’. Después de clases hablábamos horas por teléfono y nos reíamos sin parar, mientras jugábamos en la distancia a adivinar las propagandas de la televisión. Un día Carolina faltó a clases, así que por la tarde llamó a mi casa para saber qué asignaciones habían dejado en cada materia. Dos días pasaron desde la ausencia de Carolina a clases y de repente, sin razones aparentes, empezó a alejarse de mi. Me evitaba en todo momento, su amistad con otras dos compañeras de la clase se fortaleció y en el recreo se ubicaban en lugares alejados para que yo no pudiera alcanzarlas, así que me tocaba pasar los descansos sola en el salón de clases, pretendiendo que no me sentía de ánimos para salir a jugar.

Es la primera vez que recuerdo, experimenté lo que a mi juicio era el injusto rechazo de alguien a quien yo quería. Carolina me explicó -más bien tarde- las razones de su determinación unilateral, que según dijo obedecía a que aquél día que me llamó para informarse sobre las tareas que habían dejado en su ausencia a clases, yo había ‘a propósito’ omitido decirle una de ellas, para perjudicar sus calificaciones. A esa conclusión llegó por sugerencia de sus nuevas amigas, según indicó.

En bachillerato tuve otra mejor amiga. Ángela era mi compañera de tertulias, recreos, trabajos en clase, etcétera. Eramos solo las dos para arriba y para abajo y aunque siempre hemos tenido una relación de amores y odios -porque aún somos muy amigas-, nuestras peleas no eran más fuertes que nuestro cariño. Una semana Ángela se ausentó de clases dado que viajaba a San Andrés con su familia, así que debí hacer otras amistades en el entretanto para no pasar los días sola. Ahí fue cuando conocí a Andrea y al regreso de Ángela, yo seguí comportándome como si ella aún estuviera ausente. Fue así, sin explicaciones y unilateralmente también, como Carolina en el pasado, que me alejé de Ángela y la dejé sola porque había hecho nuevas amigas en una semana y punto final.

Ahora que miro con omnipresencia esas historias, me resulta muy fácil verme como víctima en la primera de ellas y cruel villana en la segunda. Pero es que de aquello han pasado ya mucho años, lo que me hace pensar que en la medida en que más nos distanciamos de las escenas que van dando forma a nuestras construcciones, se hace más fácil definir cuándo hemos sido ‘buenos’ y cuándo ‘malos’, cuándo hemos sido ‘víctimas’ y cuándo ‘victimarios’, aunque tristemente a muchos ni siquiera el distanciamiento temporal les sirva para sanar y objetivizar esas memorias.

Por estos días leí una de esas imágenes de cadena en redes sociales que me llamó poderosamente la atención, decía algo así como que ”No importa lo buena persona que seas, siempre serás el villano en la historia de alguien…”; coincido con la frase en tanto que así de subjetivo es el concepto de bondad o de maldad que se puede tener frente a una persona o que podemos tener incluso de nosotros mismos.

Puedes llegar a ser muy ‘bueno’ para un fulano en la medida en que le seas más útil a su vida, si le prestas dinero, si le haces favores; o, al contrario, puedes llegar a ser muy ‘malo’ si prefieres estar con alguien más, si lo criticas, si le hablas muy duro, muy bajo, o por cosas tan insignificantes como dejarlo en azul en WhatsApp.

Así funciona la dinámica de la vida para casi todo, de manera subjetiva; y es por eso que si de algo sé que somos incapaces nosotros los humanos, es de definir quién es ‘bueno’ y quién es ‘malo’. Sin embargo lo hacemos -con frecuencia me descubro haciéndolo-, tachando, señalando, condenando como pequeños dioses según nuestra propia perspectiva de las cosas, desconociendo todo y al mismo tiempo creyéndonos dueños absolutos de la verdad. Pero también me descubro sufriendo por la perspectiva a mi juicio equivocada, sobre la noción
De ‘mala persona’ con la que algunos me puedan señalar. Sufriendo de verdad, soñándoles, explicándoles, justificándoles; y qué carga pesada es esa de llevar a cuestas además de los conceptos propios, los conceptos de otros sobre nosotros.

En verdad no hay buenos ni hay malos, hay humanos. Creo que esa ley nos ayuda a aceptar a todos y no solamente a los que nos consideran ‘buenos’ o a aquellos a quienes nosotros mismos hemos calificado como ‘buenos’, vuelve nuestros afectos más genuinos y nos quita la carga de definirnos a partir del concepto que nos haya sido elaborado desde afuera; pero además, creo que para empezar a vivir en paz, es necesario entender que no hay nada que en nuestras manos esté hacer para evitarle sufrimiento a aquellos con quienes hemos construido vivencias, porque así como la bondad y la maldad son conceptos indubitablemente subjetivos, las sensaciones que se generan a partir de los actos derivados de ambos estadios, llámese felicidad o tristeza, únicamente dependen de quién los recibe; y en esa medida, no se puede forzar al otro a reaccionar a nuestros comportamientos según lo esperamos, ni a que piense de una determinada forma sobre lo que somos, ni a ser siempre “el bueno”, ni mucho menos evitar ser “el malo”.

Tan sólo podemos intentar seguir actuando y decidiendo conforme nuestro corazón nos lo pide, sin permitir que nuestra esencia se vea definida según las etiquetas de ‘buenos’ y ‘malos’, que únicamente en las películas de Marvel encuentran algún sentido.

El ascenso.

12.00m, un jueves cualquiera. Estoy sentada frente a la vida, dándole la cara a esa sensación horrible que dejan la rutina y la soledad en el corazón. Sé que falta sólo un día para el fin de semana, pero ni siquiera eso me saca de mi estado de letargo y desánimo porque aún en días de descanso, no estaré al lado de mi familia para reírme de los cuentos de mi papá o para quedarme dormida con las cosquillitas en la espalda de mi mamá.

Me siento triste y sola. Sé que es pasajero, por lo general logro llenar con el ejercicio, las películas, la música y las letras, el vacío inmenso que se siente al llegar a casa y no encontrar a nadie esperando con ansias mi llegada. Pero a veces simplemente pasa que me siento triste y me siento sola y punto.

Sé que tengo que hacer algo, sé que tengo que abrir los ojos y encontrar todas las razones que me impulsan a no dejar de hacer lo que estoy haciendo y especialmente, a sentirme agradecida por todo cuanto soy y tengo. Así que decidida a no dejarme ganar por el desencanto, me propongo encontrar lo nuevo en medio de lo rutinario.

Al llegar al edificio en el que vivo, decido subir hasta el noveno piso de mi apartamento por las escaleras y no por el ascensor, como usualmente lo hago; y, entonces, mientras subo, con los sentidos abiertos, advierto las voces de unos hermanos pequeños que juegan a no sé que cosa mientras ríen y exploran, una abuela espera el ascensor en el piso 3, sostiene en las manos un recipiente que parece estar lleno de comida recién hechecita, se abren las puertas, lo ubica en la parte interna y regresa a su casa mientras me mira con ternura y me dice, se lo mando a mi hijo que no almuerza si no se lo hago yo.

Continúo en mi ascenso. Frente a la puerta de uno de los apartamentos del piso 5to, una pareja joven se despide con un beso en la boca, mientras la chica le insiste que no olvide avisarle tan pronto llegue a su destino. Me resulta curioso que justamente en el piso de arriba, me encuentro con la escena opuesta, la bienvenida de una hija a su padre, que mientras lo abraza le reclama haber llegado tarde para tomar el almuerzo junto a ella. Unos vecinos del piso 8vo escuchan una salsa del grupo niche, así que me detengo en la escalera a escuchar el coro y aprovecho para descansar porque ya empiezo a sentir el pulso acelerado y la gota de sudor que corre por la frente.

Justo en las últimas escaleras que me falta tomar para llegar hasta el piso 9, hasta mi apartamento, puedo ver cómo todas esas historias de mis vecinos, son también un poco mi historia; y, quizá, un poco también la de todos. Recuerdo lo mucho que me gustaba de niña jugar con mis primos a ser profesora, doctora, ejecutiva, actriz, cantante… disfrutar y explorar tanto como esos niños del piso 2, en la época en la que uno está convencido que la vida es un juego constante y nada más. Cuánto me hace falta ahora creer que de verdad, así es. Recuerdo lo mucho que me gustaba la comida caliente de mi abuela Ana, y cómo con sus manos suavecitas me empacó durante tantos años la que llevaba al colegio y universidad, tarea que también cumplió con el mismo amor mi yeya Nerys durante mis primeros años laborales. Recuerdo la vocecita de mi mamá angustiada cuando no le aviso que he llegado bien, que no me ha pasado nada; y lo feliz que soy cuando estoy de visita en casa y puedo bendecir junto a mis papás los alimentos, tomar la comida juntos, hablar de todo, escuchar sus historias y reconocer esa mirada de orgullo en sus ojos, que solo encuentro en ellos y en nadie más, mientras escuchan las mías.

Me falta sólo un piso para llegar a mi destino, mi casa, sé que no habrá nadie esperándome allí, pero todavía puedo escuchar ‘nuestro sueño’ del grupo Niche sonando en el piso de abajo, y en cuanto abro la puerta tengo esa inexplicable sensación de compañía que tanta falta me hacía, cuando decidí tomar las escaleras en lugar del ascensor.

A propósito del año nuevo.

añonuevo

Cada que empiezan a sonar los campanazos del fin de año, entra por la misma pasarela la necesidad de evaluar cada logro y cada fracaso con una imparcialidad absoluta, a modo de autoflagelación, a fin de concluir cuál ha sido el balance que se quema con el año que termina.

En mi caso, se me ha dado por echar la vista en retrospectiva, no sólo al año que culmina sino a los quién sabe cuántos años más allá, que me han llevado a los lugares y a las personas por las que transito ahora, a veces dulce y a veces saladamente este andar al que hemos llamado ‘2017’, por esa necesidad de darle un nombre a todo.

Me pasa con el año nuevo lo que me pasa con los cumpleaños: al día siguiente la vida sigue siendo exactamente la misma. Quizá uno que otro regalo y alguna resaca le hagan diferencia a un día común, pero finalmente, la misma vida, acompañada de las cosecuencias de las mismas decisiones del pasado.

Es por eso, que me resulta tan importante mirar hacia atrás, pero realmente hacia atrás y no tan sólo hacía estos últimos 365 días. Para así entender por qué ya no escribo y recibo mensajes de año nuevo de las mismas personas, unos sencillamente ya no llegan ni llegarán nunca más; y, sin embargo están estos otros que empiezan a llegar por vez primera. Mirar hacia atrás para entender por qué duele tanto la ausencia del beso de año nuevo del ser amado que se fue corporalmente de mi lado. Voltear la vista y reconocer el daño que he causado a esos que siempre estuvieron y que no supe valorar, o aquellos a quienes no fui capaz de devolver el amor en la misma medida en que me lo entregaron.

Cada nuevo año (entre más viejos peor) cada decisión y su respectiva consecuencia, se siente más pesada que en años pasados. Es lógico, pues con la llegada de una nueva traslación, son más pesadas las cargas y quizá menores las fuerzas.

Fue precisamente un 31 de diciembre hace 4 años, por ejemplo, que tuve que juntar todas las lágrimas que alguna vez haya producido mi cuerpo, recoger los pedacitos de mi corazón que yacían regados al costado, y con todo el dolor humanamente posible de experimentar, decirle adiós para siempre al cuerpo que albergaba el alma de la mujer que hacía el arroz con coco más delicioso de esta galaxia: mi abuela Ana, a quien yo amaba (amo) con toda devoción y admiración.

Han pasado muchas cosas en estos varios años; 3 amores, 3 trabajos, una nueva casa, varias ausencias, la partida de la tía Maritza (otro golpe bajo al corazón). He encontrado la inspiración para escribir mucho de lo que he querido, y el amor propio suficiente para decir los ‘nunca más’ que debía decir hacía mucho tiempo. También me ha ganado la cobardía, he herido desconsideradamente a personas que no lo merecían y el egoísmo de satisfacer mis deseos, me ha llevado a tomar decisiones individualistas y poco sensatas. He perdonado y mejor aún, me he perdonado.

El cúmulo de esas circunstancias y decisiones me llevaron a vivir fuera de casa, a hacer nuevos amigos, a crecer más rápido de lo que alguna vez imaginé; y, debo decir que aunque no cambiaría nada de eso, sí evitaría un par de errores innecesarios que me costaron más de lo que estaba dispuesta a perder.

En resumen, creo que lo más importante de estas festividades, no son las 12 uvas de la medianoche, ni la hoguera quema sueños, ni los interiores amarillos, ni las maletas, ni mucho menos los billetes en los bolsillos. Siento que se trata de hacernos conscientes de que cada vez que decidimos algo, ganamos o perdemos a alguien, estamos edificando un 2018, que nos llevará a un 2019 y determinará muchas cosas del 2020, 2021 y años subsiguientes, porque de eso justamente se trata la vida. Así que basta de mirar los años únicamente como el resultado de nuevos 365 días, porque no es en los días sino en las decisiones tomadas en ese transcurrir, en lo que vale la pena centrar toda nuestra atención, para que a la vuelta de varios 365 días más, no estemos lamentándonos por no haber cumplido nunca los propósitos que año tras año quemamos en la hoguera de la víspera de año nuevo, creyendo que de lo demás se encargaba solito el universo.

En el país del divino niño.

Tomé un taxi en la puerta de mi trabajo, que me condujera en medio del tráfico de las 6.00pm al aéreopuerto Perales en Ibagué. El taxista notó mi acento diferente, como es usual, y desenfundó la pregunta que da origen a la necesidad de escribir esto sobre lo que nunca escribo, en este espacio para mí inmaculado: – ¿Qué hace una costeña en el palacio de la ‘Injusticia’? .

La pregunta me sacó de la atención hasta el momento 100% depositada en mi teléfono celular. -De la Justicia, le corregí tímidamente. -Injusticia, recalcó él ésta vez con un tono más grave, mientras procedía a enlistar una a una las razones por las que hacía tiempo había perdido la confianza en el cuerpo judicial colombiano. Eran muchas, cada una peor y menos controvertible que la anterior. Me contó de cómo había trabajado durante gran parte de su vida para un importante arrocero del departamento del Tolima, siendo despedido sin justa causa mientras gozaba de una incapacidad por enfermedad de origen laboral, razón por la cual con posterioridad demandó al afamado empresario del sector, a quien le bastó entregar un par de millones al juez de conocimiento, para que misteriosamente se extraviaran las pruebas del pleito y de esta forma resultó librado de la indemnización y reintegro a que de sobra tenía derecho. Se abstuvo de apelar la decisión y más bien dejó aquél entuerto en el olvido, porque dicho por él, ‘…en Colombia la Justicia es sólo para los ricos’.

Luego procedió a hacer un recuento suscinto del Top de los últimos escándalos de corrupción en Colombia: Obedrecht, el fiscal anticorrupcion, Ricaurte, Bustos, Malo, Alejandro Lyons, Musa Besaile (…) parecía difícil reducir la lista a sólo diez de los peores, porque ciertamente cualquiera podría ocupar la primera posición. Y sí, El hombre estaba enterado. Luego vino la pregunta obligada : – ¿Usted es funcionaria pública? En ese momento sentí que la luces se volvían color neón y la voz de Paulo Laserna aparecía por entre la radio, para recordar que no me quedaba ninguna ayuda posible y que aquella pregunta definiría si iba o no a perder mi vuelo a Barranquilla.

-Sí. Le contesté , con los ojos entre abiertos, una mano en el equipaje y la otra en la palanca de la puerta del carro. Vino un minuto de silencio. – Está muy jovencita, dijo sin sugerir nada más.

Ese día, con ese taxista, en medio de ese trancón inusual en la pequeña ciudad de Ibagué, me duele admitirlo, sentí por primera vez desde que inicié mi vida laboral, vergüenza y temor por reconocer que soy servidora pública. Más lo primero que lo segundo. Pero también lo segundo. Vergüenza y temor, porque no hay ningún argumento que pueda controvertir una verdad tan incontrovertible: estamos jodidos.

Me duele mi país porque todas las esferas políticas, legislativas y judiciales están contaminadas de esa mancha oscura de corrupción que se expande cada año con más facilidad. Pero lo que más me duele es la desconfianza y desesperanza implantada en el corazón de los nacionales. Parece que nos estuvieran robando, además del bolsillo, los sueños. Me duele mi país porque me resisto a creer que tanta gente buena y correcta que conozco, pueda ser tan fácilmente acallada por el proceder egoísta, ambicioso, oscuro de los que han tomado el poder como el nuevo emprendimiento. Porque tristemente la corrupción en Colombia se ha vuelto eso, un negocio redondo. Entre más se logre desfalcar al estado, mejor, después solo se trata de hacer un preacuerdo con la fiscalia, pagar fiscales, devolver el 1% de los recursos apropiados ilícitamente, pagar 3 años de casa por cárcel, esperar los máximo 6 meses que tarda la gente en olvidar lo ocurrido, o incluso menos si al tiempo aparece la noticia de algún pedófilo que desvíe la atención de los medios, y listo, a gozar la platica se dijo!

Me duele mi país porque sé de primera mano, que somos muchos los servidores públicos que verdaderamente vemos en nuestra función una oportunidad de servicio. Me entristece que esos muchos, aún sin haber recibido nunca un peso de nadie por nada, tengamos que cargar la vergüenza que no cargan los que sí usan sus posiciones para apropiarse de lo que no deben. Pero lo que más me duele, es reconocer la desesperanza en el corazón de aquellos que siempre han creído que sí se puede construir un país diferente.

Parece utópico pensar que algún día podremos vivir en una sociedad libre de estos criminales de cuello blanco que tanto daño le han hecho a nuestros pueblos. Sin embargo, me trago mi indignación como servidora pública y aplaudo como ciudadana que al menos por unos minutos, los principales medios de comunicación muestren la imagen desprestigiada de aquellos que se creían invencibles.

Abrazo esa utopía, porque parafraseando al buen Galeno, si caminamos a ella 2 pasos, parece que se aleja los mismos 2. Y si caminamos a ella 10 pasos, parace que está 10 pasos más lejos. Pero al menos, la Utopía sirve para eso: ¡para caminar!

Ser gordita.

En mi vida he tenido tres complejos importantes: Ser hija única, ser nalgona y ser gordita. Yo les he dicho que cuando estaba pequeña secuestraba a mis primos porque no quería quedarme sola en casa, pero sumado a mi temor por la soledad, estaba mi miedo profundo, escalofriante, estremecedor, a que me dijeran “gorda”, no me gustaba esa palabrita ni de cariño, ni en diminutivo, ni en chiquititivo. Para mi ser gorda, era ser gorda y punto, indistintamente de que le agregaran un “ita” para hacerlo sonar enternecedor.

Esta historia de complejos y temores habrá de sonarle familiar a más de una, porque lastimosamente la fijación frente al peso de la mujer, es un asunto de tiempos inmemoriales que incluso le ha costado la vida a varias miles. En mi caso, por ejemplo, recuerdo con bastante claridad, que el complejo de gordura me impidió disfrutar con libertad mi infancia, así como varios de mis mejores años. Generé un pavor horrible por la palabra ‘playa’ porque siempre que había un paseo familiar a este tipo de lugares, quería quedarme en la habitación del hotel escondiendo mis rollitos de la mirada implacable de turistas e incluso familiares, y sin embargo tenía que salir y enfrentarme con esa cruel realidad. Ir a comprar ropa con mis papás era toda una odisea, porque nada me quedaba, básicamente si una niña de mi edad, en ropa de niñas era talla 6, yo era talla 8 de mujer grande, así que no me podían comprar ropa en los almacenes de cosas bonitas para niñas sino en la ropa de mayores. Situación que irritaba a mi mamá y desesperaba a mi papá cuando nos acompañaba.

En el colegio la escena no mejoraba para nada. Las clases de educación física eran una tortura porque me fatigaba con rapidez y no era capaz de seguir el ritmo de mis demás compañeras de salón. Los ‘Jean day’ eran el día de mayor sufrimiento, mientras todas las demás los adoraban yo quería inventarme diez mil excusas para no tener que ir ese día a clases, pues evidentemente en ropa normal me veía más gorda que en uniforme, y cada momento para mí significaba una exposición al ridículo de niveles estratosféricos.

Pero la cúspide de mi desesperación, era saber que la manera que otros tenían para referirse a mí, era como ‘la gordita’ o ‘la nalgona’, porque sí, la herencia genética de mi familia paterna, son piernas y trasero de grandes dimensiones, de tal suerte que siendo gorda, tenía tres veces más del segundo de esos atributos. ‘La gordita’ y ‘La nalgona’, como si mi esencia de ser humano no fuera más que la acumulación de grasa en el cuerpo.

Gracias a Dios con el paso del tiempo llegó el desarrollo, y con él varios kilos menos, que no han significado que deje de ser gruesa, pues mi contextura natural es serlo y la única vez que he pesado menos de 55 kilos en mi vida, estuve a punto de perder el apellido de mi padre, dado que ya no quedaba rastro de los atributos aquellos que mencioné como herencia insoslayable de la casta de los Ahumada.

Así que dos realidades con las que he tenido que aprender a lidiar, son mi condición de hija única y de mujer ‘grande’, ‘gruesa’, ‘gorda’, o como lo quieran llamar (Ya me da igual). Hoy en día hago ejercicio porque a mi cuerpo, mi salud y mi ánimo les hace exageradamente bien y porque algo que no pienso hacer, es privarme de comer rico y bastante. Ahora desde esta otra perspectiva, recuerdo que cuando me decían gorda en el pasado, sentía como una puñalada que me atravesaba el pecho y me hacía empezar a sudar frío (esto es literal), me sorprendo de cómo dejarse afectar por comentarios de los demás frente a algo tan efímero como el cuerpo, puede desconcentrarnos de lo realmente importante y alterarnos incluso la percepción que tenemos de nosotros mismos.

Cuando aprendí que ser ‘gordo’ o ‘flaco’, es en muchos casos uno de los problemas más insignificantes que hay por resolver en esta vida, dejé a los que me decían ‘gorda’ sufriendo solitos por mi ‘gordura’ (Porque sí que hay que gente que sufre por uno más que uno mismo), esta condición física que se soluciona con un poco de juicio y actividad; y que ya no me hace sentir ni menos ni más. Cuando bajo de peso, sí, me hace feliz, pa’ que les digo que no si sí, pero cuando subo también lo soy, porque significa que he comido más que delicioso y lo mejor es que los que me aman me siguen amando igualito, así que no tengo nada más que pedir.

Y bueno, de un tiempo para acá, si a alguien se le ocurre decirme ‘gorda’, me genera una especie de liberación y profunda satisfacción hacia mi misma, responderle con una sonrisota y un ‘Y FELIZ’, porque en definitiva (Y Gloria a Dios), encuentro más definición de mi ser en mi sonrisa, que en mi porcentaje de grasa corporal.

Del amor y de la amistad.

Ese día pensaba en cómo sería el reencuentro con todas mis amigas de la Universidad de nuevo, pensaba en lo curioso que es cómo la vida cambia y nos empuja a nuevos horizontes, cómo mientras muchas cosas se transforman, algunas otras permanecen siempre iguales y Gloria a Dios en los cielos y en la tierra nunca cambiarán y sentía que si la vida tuviera sound track, probablemente ese día en el que por fin pudimos abrazarnos todas de nuevo, iría acompañado de Los enanitos verdes y su canción ‘amigos’, o alguna de esas que ponen en protagonistas de novela para resaltar el dramatismo de la escena.

Jugamos al amigo dulce, como es costumbre durante el mes de septiembre en nuestras tierras y en el grupo de WhatsApp que en un ataque de creatividad nombramos ” FRIENDS”, intentábamos ponernos de acuerdo frente a cosas en las que nunca fuimos capaces de ponernos de acuerdo en nuestros 8 años consecutivos planeando cada septiembre esta celebración : Cuota, Lugar, Día, Hora, Amigo secreto, amigo dulce, hijos, novios, esposos (?).

Pero llegó el día y contra todo pronóstico y desacuerdos posibles, ahí estábamos mis amigas de la Universidad y yo, casi dos años después de no vernos las carotas, juntas como el clan que somos, todas – y el novio de luz -, porque no falta la perdida que entiende todo al revés (Jajaja); pero juntas al fin y al cabo. Kenia, la tranquila. Thalía, la champetua. Andrea, la mamá del parche. Thiara, la dramática. Luz, la ternura en pasta. Ángela y yo, las impuntuales. Ahí estábamos y nada había cambiado. Ahí estábamos y el flashback de nuestras historias eran un soplo al corazón que nos hacía reírnos cada vez con más fuerza y menos decoro, ante la mirada fulminante de aquellos que manejaban muy bien la etiqueta en ese restaurante del norte de la ciudad.

Celebrábamos la amistad porque vale la pena decir ¡HURRA!, cuando el reencuentro devela que aunque el tiempo pase, aunque las llamadas escaseen y la cercanía sea cada vez menos frecuente; hay una fuerza misteriosa que hace que ese contar historias, reírnos de las mismas cosas, suspirar por los mismos momentos, implante la sensación de que tan sólo han pasado 10 minutos desde aquellos días, sentadas en el Bloque B de la Universidad, hasta hoy.

Thiara hablaba de no sé qué cosa en los preparativos del cumple de su hija Alana, mientras todas realmente preocupadas le preguntábamos y aconsejábamos. Y así, al tiempo que escribo, suena Bazurto All stars y me recuerda que a Andrea con todo y su decencia, le encanta hablar del movimiento pelvico del negro vocalista del grupo. Y a propósito de todos estos temas tan distintos pero tan íntimos y reales, me doy cuenta que conozco a estas 6 locas tanto como a mi propia manía por el borrador. Hemos sido cómplices y nuestras historias tienen como mínimo común, la lealtad, pero sobre todo el amor: sincero, real y absolutamente incondicional.

Por eso ahora que la vida nos ha permitido reunirnos de nuevo, tras estos dos años que se sienten como si fueran 10 minutos, confirmo que han valido la pena las horas discutiendo por cosas tan irrisorias como un día o una hora. Confirmo que este misterio divino de la amistad, es una de las formas favoritas que tiene Dios para demostrarnos que nos ama, a través del abrazo de aquellos con los que podemos hablar de las cosas más sosas, como si fueran las más trascendentales y sentirnos la negra candela o el presidente de los Estados Unidos de América.